Inercia
Comienza un nuevo día, y con él la invariable rutina. Te levantas a la misma hora, desayunas los cereales de rigor y te das una ducha. Bajas la escalera, cruzas la avenida y sigues la ruta de 15 minutos que te lleva al trabajo. Una vez allí, el quehacer sigue siendo igual de apasionante que siempre, así que aprovechas para realizar varios cursos online, ver las ofertas de empleo y bajarte alguna que otra serie de internet. Como la jornada matutina es más corta, transcurre casi sin darte cuenta. Haces el camino de vuelta. Llegas a casa para almorzar y te recibe el mismo olor desagradable que de costumbre; uno de tus compañeros de piso sigue sus propias rutinas: es alcohólico y fuma porros constantemente, que unido a lo que aporta su perro terminan de darle el golpe de gracia a tu no por mucho más tiempo hambriento estómago. Te haces cualquier cosa de comer y almuerzas junto a personas para las que no eres más que un compañero de piso. Comentas cualquier trivialidad con desgana, pues hace tiempo que te cansaste de ser simpático o ingenioso. Cuando terminas, lavas los platos y te preparas para volver al trabajo; te espera una larga y tediosa jornada, nada menos que cinco horas en las que con suerte alguien requerirá de tu atención más de diez minutos seguidos. Mientras tanto sigues haciendo cursos o viendo series, todo con tal de no pensar. A veces tanto aburrimiento te da hambre y vas a comprarte cualquier dulce, otras piensas en formas de gastar el dinero en cosas que no necesitas. Por fin termina la agonía: recoges el material, te despides de tu compañera de trabajo y vuelves a casa. El camino ya te es más que familiar, hasta crees ver a la misma gente, aunque algo te dice que sigue siendo una ciudad extraña. Ya en el piso te reciben el mismo mal olor, el mismo desorden, las conversaciones triviales y la cena. Poco después te encierras en tu cuarto para ver si internet ofrece algo distinto, pero tampoco. Las mismas webs, los contactos conectados de siempre, los correos basura...No tardas mucho en cerrar la sesión y en ponerte a leer o a jugar con la consola. Llega la hora de acostarse, y ahí es cuando ya no puedes evitar hacer balance de las cosas. Empiezas a pensar que tu vida sólo adquiere sentido a final de mes, y que el que te dijo que cambiar de ciudad está bien para conocer sitios y gente nueva mintió descaradamente. A pesar de la precariedad del empleo y de que nadie está libre de tener que trasladarse a una ciudad nueva, seguimos siendo igual de individualistas que siempre. Vamos a lo nuestro, olvidando que todos podemos pasar por lo mismo. Por eso tu vida social se reduce al trato profesional y a las conversaciones banales del piso, y de la amorosa ya ni hablamos. Piensas que es posible que todo el mundo esté igual, o que puede que en algun momento hayas tomado una decisión poco acertada, pero no terminas de verlo claro. O quizá todo esto sea temporal. Quién sabe. Igual mañana ocurre algo completamente inesperado, un acontecimiento que te saca de la apatía, de la desidia. Tal vez conozcas a alguien, personas con tus mismos intereses, te salga otro trabajo, o te apuntes a una asociación. Así podrías salir, sacarle provecho a la ciudad, hacer deporte o ir al teatro. ¡No parece algo tan descabellado! De pronto suena un pitido agudo que te aparta de tus pensamientos. Te levantas a la misma hora, desayunas los cereales de rigor y te das una ducha...
















