Pero
no me resigno a olvidar los últimos 3 meses en la capital aragonesa, ni tampoco a recordar sólo un par de aspectos y almibararlos meses más tarde. Por eso me dispongo aquí a reflejarlo, sin entrar excesivamente en algunas cuestiones...
Hace tres meses no es que estuviera muy contento. Sin trabajo, en mi pueblo y con la ultima casilla del horócopo también vacía. Pero un buen día mi suerte cambió: iba a traba

jar, con unas buenas condiciones y en una ciudad nueva; un cambio de aires en toda regla. Los primeros días no fueron precísamente un camino de rosas: al estrés de la búsqueda de piso en una ciudad colapsada ante la ya inminente
Expo del agua había que unirle unos compañeros de piso muy diferentes a mi, que poco menos que me hacían retroceder a los tiempos del instituto con tanta hormona desbocada, y una ciudad fría como un témpano, con un viento que calaba sin importar el número de mangas que llevaras... No todo era malo, claro. Un piso más que decente, el trabajo en pleno centro y compañeras de trabajo simpáticas y amables, lo que acabaría convirtiéndose en la tónica general en Zaragoza: gente muy agradable y hospitalaria, hasta el punto de que me preguntaba si no tendría problemas al volver (acostumbrarse a lo bueno es tan fácil...).
Un día normal para mi empezaba a las 07:50 de la mañana. Tras una rápida ducha, calzarme el traje y la corbata (ejem) y tomar unos cereales, salía de mi piso de la calle Matilde Sangüesa y me dirigía a toda velocidad al trabajo. Dejaba atrás la comodidad de la calefacción centralizada y me topaba con un in

hóspito parque que a esas horas de la mañana congelaba hasta los pensamientos. No pasaba mucho tiempo cuando me desviaba por San Juan de la Peña, una calle paralela pero más resguardada. Continuaba por Sobrarbe, vía importante porque ahi se encontraba un ansiado
mercadona, que desembocaba en el Puente de Piedra, quizá el único puente de Zaragoza con valor estético. Cruzar el Ebro tenía su aquel, porque desde él se aprecia una vista majestuosa de la basílica de El Pilar, aunque a cambio tuviera qu

e sufrir las inclemencias del Cierzo. Nada más cruzar, podía ver la SEO a mi izquierda y la plaza de El Pilar a la derecha. Continuaba recto por la calle don Jaime I, pasando pastelerías
de lujo -como las acabé llamando- y el teatro principal. Saliendo de don Jaime se encontraba la plaza de España (para mí, la
glorieta de españa), que irónicamente continuaba en el Paseo Independencia y este en la plaza de Aragón. ¿Casualidad? Paseo Independencia era un lugar siempre atestado de tiendas y gente, en lo que sería otra norma común entre los maños: un alto grado de consumismo; o al menos eso decía un periódico, situando Zaragoza como la 3ª ciudad del país, hecho que yo confirmo pues a veces costaba más avanzar entre tanta gente que en plena feria de Córdoba.
Mi trabajo exigía abandonar Independencia para llegar al Paseo Constitución; en el edificio de C.C.O.O, ironías de la vida, también se encontraba parte de la Confederación de Empresarios de Zaragoza. Lo que se dice en pleno centro. Si a eso sumamos que mi horario me permitía disfrutar de 3 tardes a la semana libres (o casi) podéis imaginar lo a gusto que me sentía allí.
En la CEZ el queh

acer era intermitente, como lo es el de todos los cursos semipresenciales. Por suerte pronto descubrí lo majas que eran las secretarias de allí, Inés y María José Quintana, sin olvidar a María José Bueno, responsable de formación y un cielo de mujer, que frecuentemente nos sorprendía con un dulce o unas cosillas para picar. Todos los días pasabamos muy buenos ratos desayunando y
arreglando el mundo, como nos dio por decir. Además yo iba aprendiendo
vocabulario maño: "laminero" (goloso), "tomarse el día de asueto" (de descanso), "ir de propio" (expresamente), "hacer duelo" (algo parecido a darte pena)...Lo que más gracia me hacía era el empleo del adverbio
pues a final de frase, incluso a veces dándole un uso más que e

xcesivo: "¿Pues qué vamos a hacer pues?". Aunque mi favorita, de lejos, es el "hala pues".
Con mis compañeros, tras alguna broma pesada, la relación fue mejorando. Nos fuimos conociendo poco a poco, a pesar de algunas frustraciones mías, porque nunca había sido tan sincero en mi vida y a la vez tan mal interpretado. La situación dio un paso adelante con Noé, compañero segoviano, un fin de semana largo que nos quedamos los dos solos. Hubo tiempo para todo: para sincerarnos, ver un maratón

de Dexter ante la falta de cosas que hacer en los días de fiesta, y salir por la noche y ver que ofrecía Zaragoza (aun recuerdo las tapas de Doña Casta, en el
Tubo, y sus huevos estrellaos con jamón). Los siguiente fines de semana se unió otro compañero: Angel Luis, toledano.
Recuerdo perfectamente aquel sábado, en el que fuimos al ambiente. Nos reíamos bastante porque Noé siempre se las arreglaba para ligar con tías allí. Fue aquel sábado cuando conocí a Víctor.
Víctor pasó a ocupar todos los ratos muertos que podía tener en Zaragoza y

acabó con mi preocupación por conocer gente de allí. Ya todo daba igual. La casilla estaba rellena. O casi. En ese cambio de vida, las vacaciones de mi mismo que suponía Zaragoza, era la guinda del pastel. La coincidencia con él me ha hecho sentir por primera vez en mi vida los primeros indicios de homofobia, por parte del último de mis compañeros de piso; homofobia quizá un poco light, pero homofobia a fin de cuentas.
El buen tiempo de los primeros meses pronto dejaría paso a una tormenta de sinsabores, lo que contribuyó a que la idea de dejar Zaragoza pasase de ser un mal trago a casi una necesidad. Como una especie de preparación para la despedida.
...releyendo lo que he escrito me doy cuenta de que he hecho exactamente lo mismo que habría hecho mi cerebro con el tiempo: centrarme en las cosas buenas y pasar por alto los malos momentos. Quizá así es como tiene que ser.

PD: no dejéis de probar el pastel ruso de la pastelería Ascaso, o la Trenza de Almudévar. ¡Buenísimos!