miércoles, noviembre 12, 2008

Inercia

Comienza un nuevo día, y con él la invariable rutina. Te levantas a la misma hora, desayunas los cereales de rigor y te das una ducha. Bajas la escalera, cruzas la avenida y sigues la ruta de 15 minutos que te lleva al trabajo. Una vez allí, el quehacer sigue siendo igual de apasionante que siempre, así que aprovechas para realizar varios cursos online, ver las ofertas de empleo y bajarte alguna que otra serie de internet. Como la jornada matutina es más corta, transcurre casi sin darte cuenta. Haces el camino de vuelta. Llegas a casa para almorzar y te recibe el mismo olor desagradable que de costumbre; uno de tus compañeros de piso sigue sus propias rutinas: es alcohólico y fuma porros constantemente, que unido a lo que aporta su perro terminan de darle el golpe de gracia a tu no por mucho más tiempo hambriento estómago. Te haces cualquier cosa de comer y almuerzas junto a personas para las que no eres más que un compañero de piso. Comentas cualquier trivialidad con desgana, pues hace tiempo que te cansaste de ser simpático o ingenioso. Cuando terminas, lavas los platos y te preparas para volver al trabajo; te espera una larga y tediosa jornada, nada menos que cinco horas en las que con suerte alguien requerirá de tu atención más de diez minutos seguidos. Mientras tanto sigues haciendo cursos o viendo series, todo con tal de no pensar. A veces tanto aburrimiento te da hambre y vas a comprarte cualquier dulce, otras piensas en formas de gastar el dinero en cosas que no necesitas. Por fin termina la agonía: recoges el material, te despides de tu compañera de trabajo y vuelves a casa. El camino ya te es más que familiar, hasta crees ver a la misma gente, aunque algo te dice que sigue siendo una ciudad extraña. Ya en el piso te reciben el mismo mal olor, el mismo desorden, las conversaciones triviales y la cena. Poco después te encierras en tu cuarto para ver si internet ofrece algo distinto, pero tampoco. Las mismas webs, los contactos conectados de siempre, los correos basura...No tardas mucho en cerrar la sesión y en ponerte a leer o a jugar con la consola. Llega la hora de acostarse, y ahí es cuando ya no puedes evitar hacer balance de las cosas. Empiezas a pensar que tu vida sólo adquiere sentido a final de mes, y que el que te dijo que cambiar de ciudad está bien para conocer sitios y gente nueva mintió descaradamente. A pesar de la precariedad del empleo y de que nadie está libre de tener que trasladarse a una ciudad nueva, seguimos siendo igual de individualistas que siempre. Vamos a lo nuestro, olvidando que todos podemos pasar por lo mismo. Por eso tu vida social se reduce al trato profesional y a las conversaciones banales del piso, y de la amorosa ya ni hablamos. Piensas que es posible que todo el mundo esté igual, o que puede que en algun momento hayas tomado una decisión poco acertada, pero no terminas de verlo claro. O quizá todo esto sea temporal. Quién sabe. Igual mañana ocurre algo completamente inesperado, un acontecimiento que te saca de la apatía, de la desidia. Tal vez conozcas a alguien, personas con tus mismos intereses, te salga otro trabajo, o te apuntes a una asociación. Así podrías salir, sacarle provecho a la ciudad, hacer deporte o ir al teatro. ¡No parece algo tan descabellado! De pronto suena un pitido agudo que te aparta de tus pensamientos. Te levantas a la misma hora, desayunas los cereales de rigor y te das una ducha...

miércoles, julio 30, 2008

Salamanca

No quiero que pase el tiempo sin hablar de lo vivido los últimos 3 meses en esta ciudad. La primera impresión tengo que decir que fue inmejorable; fui varios días antes de que empezara el curso para buscar piso, y sólo de pensar en las dificultades encontradas en Zaragoza o tiempo atrás en Sevilla me daban escalofríos: ahora estaba solo ante el peligro, no se daría más curso que el mío. Así que no podría compartir ni alegrías ni penas, mucho menos la penosa búsqueda de un techo donde dormir, con ningun tutor. Nada más llegar, primer inconveniente: el día de Castilla y León, o cómo no encontrar piso en un festivo. Lo peor es que tampoco llevaba muchas referencias de hoteles ni hostales, pero sí había quedado con un hombre para ver un piso que casualmente tenía una amiga trabajando en un hostal, así que me hicieron un descuentillo. El piso en sí no me gustó mucho, sobre todo porque el casero abrió la puerta como perro por su casa. Pero por lo menos ya tenía hostal. Me despedí del señor después de que me invitara a un zumo, y me dijo que lo llamara con una respuesta. Días más tarde encontraría otro piso, y por vergüenza a darle una negativa después de lo bien que se había portado, no lo llamé. Se cumplió una de las máximas de mi vida: por miedo a quedar mal, quedo fatal. Y así fue como el hombre me llamó para preguntarme, se lo acabé diciendo y él recriminando no haberle llamado. Tomo nota para la próxima vez.

El primer día lo aproveché poco menos que para hacer turismo. La ciudad era preciosa, destacaríamos el ambiente cosmopolita de la plaza mayor (atestada de gente por la feria del libro) y la calle Compañía, de aspecto medieval con una vista de la catedral de fondo. Antes que emponzoñar el buen nombre de Salamanca con mis escasos conocimientos sobre arte prefiero recomendar encarecidamente la visita a los lectores del blog. No os arrepentiréis. Palabra de Manuel.
La búsqueda de piso fue desesperante hasta que descubrí que la propia universidad tiene un servicio de anuncios en el que sorprendentemente salen una media de 10 nuevos cada día (¡a finales de abril!). Así que pude encontrar el piso perfecto: a 1 minuto de la plaza mayor y a 5 de mi trabajo. Céntrico y barato. Mis compañeros de piso eran una burgalense y un italiano. Majísimos ambos. Ella periodista, 24 años, ojos negros, muy guapa. Una de esas personas que te causan una inmejorable primera impresión. Él estudiante de ciencias políticas, 25 años, erasmus; tuvimos varias conversaciones sobre política y más concretamente sobre Berlusconi.
En la confederación seguía la tónica: Gema en recepción, y Elena y Begoña de formación hicieron mi trabajo mucho más fácil y agradable. Siempre atentas por si me hacía falta alguna cosa. Pedí un ordenador para mi despacho y ese mismo día ya lo tuve. Y como eso mil cosas más. Muy bien la ciudad, muy bien en el piso y muy bien en el trabajo. Casi diría que estaba emocionado. No es normal que las cosas empiecen con tan buen pie. Lamentablemente la primera impresión no es la que queda, y pronto me acabaría ahogando en la fuente de Lourdes...

En el trabajo todo iba de maravilla: los alumnos respondían, no surgían problemas -al contrario que en Sevilla-, las chicas de allí muy simpáticas, pero...me aburría. Como una ostra. El hecho de no tener compañeros acabó siendo determinante: si a mi carga de trabajo intermitente le añadimos un horario que me hacía salir todos los días a las 10 de la noche, nos sale un cóctel mortífero, una sobredosis de aburrimiento a la que ni internet, ni la ds, ni los libros podían hacer frente.

Pronto me di cuenta de que la situación en el piso también era singular: mis dos compañeros tenían sus respectivas parejas, así que no hacían más vida juntos que la necesaria. La chica, Natalia, sí se preocupó de que saliera con ella y con su novio, pero no tenían un grupo de amigos ni nada parecido. Quizá a veces sí que quedaban con amigos del novio, treintañeros casados, simpáticos pero que no estaban en la misma onda que yo. El caso del italiano era diferente: jamás contó conmigo para más de lo estrictamente necesario. A veces hacíamos el almuerzo juntos, cada uno aportando una cosa, o si quería hacer alguna fiesta en el piso me avisaba. Pero salía y entraba a su aire. Su novia, eso sí, era una chica encantadora.

La ciudad seguía siendo una maravilla, pero yo hacer turismo lo considero un acto social, como ir al cine o cenar en un restaurante. El tiempo pasaba y seguía sin congeniar especialmente con nadie. Las posibilidades eran limitadas: al principio la gente andaba enclaustrada porque se hallaban en pleno período de exámenes, y cuando terminó todo el mundo se fue a su lugar de origen. Quizá no fueron los mejores meses para ir a la ciudad.

Por suerte no todo fue sopor y aburrimiento. Quisiera destacar varios puntos álgidos de mi estancia. El primero diría que fue cuando vino a verme por sorpresa mi compañero Noé. No nos dio tiempo a hacer muchas cosas, pero eran mis primeros días allí y lo agradecí muchísimo. La visita de mi amiga Gema también fue genial, por las conversaciones y lo bien que lo pasamos ese fin de semana, el mareo que me agarré y los personajillos que conocimos.

Recuerdo con afecto a algunos vagabundos de Salamanca. El primero era un señor que tocaba el violín en la calle acompañado de su perro. Piezas clásicas que le daban majestuosidad a los monumentos, y una estampa impagable del animal durmiendo plácidamente por las suaves melodías y que en mi despertaba una gran ternura. Más de una vez me acerqué para dejarle dinero, a lo que el señor respondía siempre con una sonrisa y unos bonitos ojos azules. Menos idílica y más socarrona era la imagen de un vagabundo que siempre pedía en función de la hora: a mediodía para almorzar, por la mañana un euro para el café, a media mañana para tomarse un pincho, y así...
También merece la pena reseñar el festival de las artes de Castilla y León: duró dos semanas y por el trabajo no pude asistir a todos los espectáculos de calle, ni ir al teatro, pero no me perdí un solo concierto. En la plaza mayor y gratuitos, por poco que me gustase el grupo -pocos eran conocidos- siempre me pasaba para darles una oportunidad. Al principio no me gustaba ir solo, además de que en esa época ya conocía a Pablo (su pedante amiga me sirvió de inspiración para escribir sobre el relativismo moral) y muchos los vi con él. Pero tengo que decir que ya no me importa ir solo. Lo hice varias veces, mucha gente estaba en mi misma situación, o incluso otros iban acompañados pero apenas hablaban. Por todo eso uno se sentía más integrado y menos paria.

Y poco más. Conocí a varias personas que me hicieron menos solitarios los fines de semana (en el mejor de los sentidos) pero que, no sabemos si por falta de tiempo o porque no conectamos, no me han marcado especialmente. Salamanca será recordada como lo que pudo ser y no fue. El entorno cumplía sobremanera, el trabajo también, pero falló la gente. No dejo de pensar que si me volvieran a mandar allí las cosas serían distintas, y por eso espero volver algún día. Hasta pronto.

lunes, junio 30, 2008

Manifiesto en defensa del sentido común

Viendo la polvareda desatada por el manifiesto en defensa de la lengua común, y como hoy me he levantado conciliador, me gustaría dejar claros un par de puntos. Se podría decir que este sería mi propio manifiesto:

1) Las lenguas cooficiales tendrán el mismo rango e importancia en las comunidades bilingües que el castellano.

2) Las lenguas cooficiales han de ser obligatorias en los planes de educación de sus respectivas autonomías y tener un espacio en la vida pública, tanto en los medios de comunicación -públicos- como en documentos oficiales. También, habida cuenta de que están en desventaja frente al castellano, han de ser fomentadas.

3) Fomentar el uso de una lengua consiste en darle a las personas que así lo deseen medios para poder comunicarse en ese idioma: educación integramente en ese idioma, cursos dirigidos a sectores específicos, subvenciones para entidades que potencien su uso, doblaje de películas y medios audiovisuales, obras de teatro o grupos de música, becas...

4) Sólo los empadronados en las comunidades bilingües tienen la obligación de conocer el idioma autonómico.

5) Una persona no tiene derecho a ser atendido en una lengua oficial en concreto, salvo que sólo conozca una de ellas. No obstante, sí tiene derecho a ser entendido usando cualquiera de las lenguas oficiales.

6) Las multas por razones lingüísticas estarán prohibidas, y cada persona podrá rotular su establecimiento en la lengua oficial que prefiera.

7) La educación se llevará a cabo en cualquiera de las dos lenguas cooficiales. La lengua vehicular será elegida por los padres de los alumnos, nunca por la administración. Se establecerán distintos modelos en función de la demanda. En cualquier caso, es imprescindible el dominio de ambas lenguas cooficiales al terminar los estudios, y por ello se establecerán un número mínimo de horas semanales que en ningun caso será inferior a 3.

8) El bilingüismo es un derecho, no una obligación. Todas los empadronados en comunidades bilingües tienen la obligación de conocer los dos idiomas, pero se expresarán en uno o en otro a su libre elección.

viernes, junio 13, 2008

Moralidad a la carta

Ayer quedé para cenar en casa de un amigo y conocí a una chica, antropóloga para más señas. Los que me conocen saben que jamás rehuyo una discusión, a pesar de que a priori mi interlocutor parezca saber más que yo del tema, y que lo políticamente correcto me la trae al pairo. Ayer la polémica surgió -o el debate, porque no hubo acritud- porque dije que no todas las culturas son igualmente respetables. O para ser más exactos: no todos los aspectos de una cultura lo son. Que creo firmemente que mi educación en algunas cuestiones es más avanzada que las demás, mientras que hay otras en los que quizá sea peor y en la mayoría simplemente diferente.

A esta chica le debió parecer poco menos que una barbaridad lo que yo estaba diciendo. Según ella las formas de pensamiento no avanzan, sino que simplemente cambian hacia unas posiciones u otras. Que mis valores y mi forma de entender el mundo no son extrapolables a todas las civilizaciones, porque al fin y al cabo no hay nada puramente objetivo -ni siquiera la ciencia- y cada sociedad cambia en función de las necesidades que le van surgiendo. El concepto del bien y el mal no existen más allá del individuo que lo interpreta, y para muestra, un botón: la religión católica divide las cosas en buenas y malas y le da una absoluta prevalencia a lo bueno, mientras que por ejemplo en la India se piensa que el bien y el mal han de estar en equilibrio.
Pero su argumento se basaba principalmente en una máxima: si establecemos una jerarquía de culturas, unas más avanzadas que otras, nada impediría invasiones y colonialismo: como seres culturalmente superiores que somos hemos de ayudar a los demás a que sean como nosotros. Y ahí tenemos el claro ejemplo de la guerra de Irak: se invadió el país para derrocar a un dictador.

No pongo en duda que ella sabe más que yo de sociedades y de su evolución histórica y está claro que los pueblos experimentan cambios motivados por el contexto histórico en el que viven. Pero eso no quita que existan valores universales por encima de la subjetividad y de la cultura de cada uno: conceptos como la justicia, el amor, la lealtad o el sufrimiento van más allá. Entiendo que a alguien le pueda parecer escandaloso que yo diga que mi cultura ha ido evolucionando con el tiempo o que es más avanzada que otras pero, siento decirlo, hay cosas que no admiten interpretación. Y ejemplos tenemos miles.

Subjetivo sería decir que la comida española es mejor que la china sólo por el hecho de que a mi me gusta más; son simplemente gastronomías diferentes. Pero si digo que España es más avanzada en derechos sociales que China aquí la cosa es menos interpretable, porque sencillamente cualquier persona preferiría vivir cobrando un sueldo digno sin trabajar como un esclavo. Otro ejemplo: un homosexual, sin importar sus creencias o su país de origen, convendría en que la Unión Europea es un mejor sitio para vivir que en uno de tantos países -musulmán o sudamericano- en los que serlo está penado con la muerte o la cárcel. ¿Por qué creo yo que nuestra cultura es más avanzada en ese sentido? Porque no hace mucho estabamos en su misma situación. Y lo estabamos por una parte por la moral católica, que sigue siendo enemigo mortal en cuestiones de sexualidad, y por otra, por ignorancia. Sólo cuando la sociedad ha entendido que no es una cuestión de vicio o de rarezas se han podido conseguir esos avances sociales.
No puede ser igual una cultura que consienta la esclavitud (de cualquier índole) que otra que no lo haga, ni una en la que impere la fuerza y trate a la mujer como a un ser de segunda categoría que otra en la que todos sean iguales con los mismos derechos. En fin, cosas que sobre el papel son de perogrullo pero que al parecer no todo el mundo termina de tener claro. Hay determinadas cosas que no dependen de los gustos de cada uno. Sentimientos y valores universales.

Efectívamente, eso no quiere decir que tengamos que ir de salvapatrias por el mundo derrocando gobiernos e intentando imponer nuestra moralidad por la fuerza. Las cosas no son tan simples, y los cambios en las sociedades no se dan de un día para otro. Existen otras formas de pensar, de ver el mundo. Incluso creo que no son caprichosas, que dependen de la evolución que haya tenido la propia sociedad. Pero de ahí a considerar seriamente que existe un relativismo moral (repugnante, por otra parte) media un abismo. Cuando vemos por la tele a una irakí llorando la pérdida de un familiar por las bombas de Estados Unidos ninguno de nosotros nos preguntamos qué estará sintiendo en ese momento; simplemente lo sabemos. Y eso no tiene nada de subjetivo.

jueves, abril 10, 2008

¡Viva la progresía!

Ayer se celebró el segundo día de la sesión de investidura, y algunos aguardabamos impacientes el turno de la flamante diputada de UPyD, Rosa Díez. La parlamentaria llevó por fin al congreso ideas que muchos ciudadanos tenemos y que nadie había osado debatir; ya se sabe, nuestros políticos más preocupados de debates estériles y de su propio interés que de otra cosa. Rosa desgranó, en el escaso tiempo del que disponía por integrarse en el grupo mixto, varias de las claves del programa electoral de su formación: la reforma de la constitución (entre otras cosas para darle autonomía e independecia al poder judicial), el cambio del sistema electoral (manifiestamente injusto para el que lo quiera ver) y la tan necesaria vuelta a un pacto contra el terrorismo después de una aventura peregrina a ninguna parte. Defendió la igualdad de los ciudadanos por encima de sus territorios, y que por ello era necesario devolver al estado la competencia en determinadas materias como educación o sanidad. Cuestiones, más allá de las ideas legítimas de cada uno, perfectamente asumibles por personas con un mínimo sentido de estado.

La respuesta de Zapatero fue francamente decepcionante. Y no precisamente por el escaso tiempo que le dedicó: unos sorprendentes 40 minutos frente a los 20 con los que despachó, entre sonrisas, a los dirigentes de Coalición Canaria o Nafarroa Bai. Con Rosa hubo menos sonrisas. La mayor parte del tiempo lo dedicó a explicar lo que todos ya sabíamos. Es lo menos que puede hacer quien no tiene nada que decir.

En relación a la justicia, el presidente negó la mayor: "pero qué dices, si la justicia no puede ser más independiente...Te lo digo yo, que lo sé de buena tinta". Y tanto que lo sabe. El Tribunal Constitucional es tan independiente que sus miembros se dividen en progresistas y conservadores, en función del partido que los eligió. Tan independiente que ante el temor a perder el voto de calidad de la presidenta (decisivo en caso de empate) el PSOE decidió sacar una nueva ley deprisa y corriendo para renovar su mandato, no vaya a ser que tumben el estatuto de Cataluña o los matrimonios gays. Incluso hemos vivido en el último año una serie de recusaciones que a punto han estado de dejar en jaque la alta instancia.
La justicia es tan independiente que el Consejo General del Poder Judicial lleva casi un año en funciones, casi en una situación de bloqueo, pues PP y PSOE no han sido capaces de ponerse de acuerdo para renovarlo. Tan independiente que el Fiscal General del Estado ha seguido a pies juntillas las órdenes del gobierno durante el proceso de paz, llevandose por delante leyes y justicia.

Zapatero negó que hoy las diferencias entre españoles sean mayores que antes. "El país está más cohesionado que nunca", afirmaba. Eso sin duda. Y más que lo va a estar cuando publique las balanzas fiscales como le ha prometido a CIU. Por supuesto estas no van a tener ningun tipo de consecuencias políticas. Malpensados; Las publican sólo por curiosidad. Incluso antes de echarles un vistazo puedo aventurar lo que va a ocurrir: las comunidades que más contribuyen (o para ser más precisos: las comunidades en las que los ciudadanos tienen el nivel de renta más alto) se quejarán porque en ellas no se invierte tanto como aportan. Un concepto típicamente de izquierdas: los que más tienen son los que más tienen que recibir, porque si no salen perdiendo. Olvidan esos rojillos de medio pelo que, precísamente por ser los que más tienen, han de salir perdiendo, al vivir en un estado social; y que la verdadera anomalía son Navarra -tan española ella- y el País Vasco. Las inversiones del estado han de tener en cuenta por una parte las necesidades de desarrollo de una zona y por otra criterios de población, pero nunca el PIB de la región, como así refleja el polémico estatuto de Cataluña (por más que sea algo transitorio para compensar el déficit de inversiones -¿con respecto a quién?)

Zapatero se dedicó a perder el tiempo con una disertación banal sobre la diferencia que hay entre igualdad y centralismo. Que no es lo mismo, vamos. Reprochó a Rosa que hablara de persecución del castellano cuando "el catalán y el euskera también son lenguas españolas" (ahaa). ¿El sistema electoral? Hombre, puede ser algo injusto...¿pero qué hay perfecto en esta vida? Y el proceso en el País Vasco no ha ido mal, mujer. ¿No has visto el resultado histórico que he sacado allí?

Y todo transcurrió por esos derroteros. Por supuesto encontró hueco para sacar pecho por las políticas sociales de la pasada legislatura (estas sí, acertadas). Y terminó con un bonito: "¿Sabe usted dónde he aprendido yo a respetar a las demás formaciones políticas y a tener coherencia y lealtad? Lo aprendí en el PSOE, del que me siento muy orgulloso". Y después se fumó un puro.

martes, abril 08, 2008

Zaragoza

Cuántas veces no habremos sentido que alguna vivencia que hemos tenido ha dejado un recuerdo imborrable en nosotros. Incluso a veces hablamos de experiencias inolvidables, por lo que nos han marcado, nos han ayudado a crecer como persona, o porque nos hemos conocido mejor a nosotros mismos. Hoy día sabemos que esos adjetivos son algo exagerados, pues es imposible recordar todos y cada uno de los detalles, y porque tenemos una tendencia a dulcificar los recuerdos, incluso idealizarlos. Nuestro cerebro se queda con las sensaciones, y el paso del tiempo hace que de alguna manera adaptemos los hechos a estas.

Pero no me resigno a olvidar los últimos 3 meses en la capital aragonesa, ni tampoco a recordar sólo un par de aspectos y almibararlos meses más tarde. Por eso me dispongo aquí a reflejarlo, sin entrar excesivamente en algunas cuestiones...

Hace tres meses no es que estuviera muy contento. Sin trabajo, en mi pueblo y con la ultima casilla del horócopo también vacía. Pero un buen día mi suerte cambió: iba a trabajar, con unas buenas condiciones y en una ciudad nueva; un cambio de aires en toda regla. Los primeros días no fueron precísamente un camino de rosas: al estrés de la búsqueda de piso en una ciudad colapsada ante la ya inminente Expo del agua había que unirle unos compañeros de piso muy diferentes a mi, que poco menos que me hacían retroceder a los tiempos del instituto con tanta hormona desbocada, y una ciudad fría como un témpano, con un viento que calaba sin importar el número de mangas que llevaras... No todo era malo, claro. Un piso más que decente, el trabajo en pleno centro y compañeras de trabajo simpáticas y amables, lo que acabaría convirtiéndose en la tónica general en Zaragoza: gente muy agradable y hospitalaria, hasta el punto de que me preguntaba si no tendría problemas al volver (acostumbrarse a lo bueno es tan fácil...).

Un día normal para mi empezaba a las 07:50 de la mañana. Tras una rápida ducha, calzarme el traje y la corbata (ejem) y tomar unos cereales, salía de mi piso de la calle Matilde Sangüesa y me dirigía a toda velocidad al trabajo. Dejaba atrás la comodidad de la calefacción centralizada y me topaba con un inhóspito parque que a esas horas de la mañana congelaba hasta los pensamientos. No pasaba mucho tiempo cuando me desviaba por San Juan de la Peña, una calle paralela pero más resguardada. Continuaba por Sobrarbe, vía importante porque ahi se encontraba un ansiado mercadona, que desembocaba en el Puente de Piedra, quizá el único puente de Zaragoza con valor estético. Cruzar el Ebro tenía su aquel, porque desde él se aprecia una vista majestuosa de la basílica de El Pilar, aunque a cambio tuviera que sufrir las inclemencias del Cierzo. Nada más cruzar, podía ver la SEO a mi izquierda y la plaza de El Pilar a la derecha. Continuaba recto por la calle don Jaime I, pasando pastelerías de lujo -como las acabé llamando- y el teatro principal. Saliendo de don Jaime se encontraba la plaza de España (para mí, la glorieta de españa), que irónicamente continuaba en el Paseo Independencia y este en la plaza de Aragón. ¿Casualidad? Paseo Independencia era un lugar siempre atestado de tiendas y gente, en lo que sería otra norma común entre los maños: un alto grado de consumismo; o al menos eso decía un periódico, situando Zaragoza como la 3ª ciudad del país, hecho que yo confirmo pues a veces costaba más avanzar entre tanta gente que en plena feria de Córdoba.

Mi trabajo exigía abandonar Independencia para llegar al Paseo Constitución; en el edificio de C.C.O.O, ironías de la vida, también se encontraba parte de la Confederación de Empresarios de Zaragoza. Lo que se dice en pleno centro. Si a eso sumamos que mi horario me permitía disfrutar de 3 tardes a la semana libres (o casi) podéis imaginar lo a gusto que me sentía allí.
En la CEZ el quehacer era intermitente, como lo es el de todos los cursos semipresenciales. Por suerte pronto descubrí lo majas que eran las secretarias de allí, Inés y María José Quintana, sin olvidar a María José Bueno, responsable de formación y un cielo de mujer, que frecuentemente nos sorprendía con un dulce o unas cosillas para picar. Todos los días pasabamos muy buenos ratos desayunando y arreglando el mundo, como nos dio por decir. Además yo iba aprendiendo vocabulario maño: "laminero" (goloso), "tomarse el día de asueto" (de descanso), "ir de propio" (expresamente), "hacer duelo" (algo parecido a darte pena)...Lo que más gracia me hacía era el empleo del adverbio pues a final de frase, incluso a veces dándole un uso más que excesivo: "¿Pues qué vamos a hacer pues?". Aunque mi favorita, de lejos, es el "hala pues".

Con mis compañeros, tras alguna broma pesada, la relación fue mejorando. Nos fuimos conociendo poco a poco, a pesar de algunas frustraciones mías, porque nunca había sido tan sincero en mi vida y a la vez tan mal interpretado. La situación dio un paso adelante con Noé, compañero segoviano, un fin de semana largo que nos quedamos los dos solos. Hubo tiempo para todo: para sincerarnos, ver un maratón de Dexter ante la falta de cosas que hacer en los días de fiesta, y salir por la noche y ver que ofrecía Zaragoza (aun recuerdo las tapas de Doña Casta, en el Tubo, y sus huevos estrellaos con jamón). Los siguiente fines de semana se unió otro compañero: Angel Luis, toledano.
Recuerdo perfectamente aquel sábado, en el que fuimos al ambiente. Nos reíamos bastante porque Noé siempre se las arreglaba para ligar con tías allí. Fue aquel sábado cuando conocí a Víctor.

Víctor pasó a ocupar todos los ratos muertos que podía tener en Zaragoza y acabó con mi preocupación por conocer gente de allí. Ya todo daba igual. La casilla estaba rellena. O casi. En ese cambio de vida, las vacaciones de mi mismo que suponía Zaragoza, era la guinda del pastel. La coincidencia con él me ha hecho sentir por primera vez en mi vida los primeros indicios de homofobia, por parte del último de mis compañeros de piso; homofobia quizá un poco light, pero homofobia a fin de cuentas.

El buen tiempo de los primeros meses pronto dejaría paso a una tormenta de sinsabores, lo que contribuyó a que la idea de dejar Zaragoza pasase de ser un mal trago a casi una necesidad. Como una especie de preparación para la despedida.
...releyendo lo que he escrito me doy cuenta de que he hecho exactamente lo mismo que habría hecho mi cerebro con el tiempo: centrarme en las cosas buenas y pasar por alto los malos momentos. Quizá así es como tiene que ser.


PD: no dejéis de probar el pastel ruso de la pastelería Ascaso, o la Trenza de Almudévar. ¡Buenísimos!

lunes, marzo 31, 2008

Parece que fue ayer...

...cuando subí aquella entrada que no había que leer. Aparcando la vergüenza a un lado y sabiendo de antemano que el resultado no iba a ser gran cosa, decidí grabarme para darle un impulso al blog, hacer algo nuevo para salir de la rutina. El experimento en sí no tuvo una especial aceptación: cero comentarios. Lo cual no deja de ser triste cuando hay gente que cuelga una foto del cielo y la acompaña de un poema de, qué digo yo, Gloria Fuertes, o peor aun, incluye un par de frases -que no son suyas, claro- sobre lo bonita y corta que es la vida, que hay que aprovecharla y vivir intensamente, y la gente acude enfervorizada. Los mismos que reciben esos odiosos powerpoints pseudometafísicos y se les hace el culito agua de limón, no sin antes mandarselo a todos sus contactos, para que el resto de los mortales podamos apreciar tamaño descubrimiento.

El caso es que en aquella estéril entrada celebraba que la imagen invertida había alcanzado las 1000 visitas y animaba a todos a participar (además de aburrir al personal entre balbuceos). Eso fue a principios de septiembre. No volví a escribir mucho mucho más después de eso: por desgana, falta de inspiración, o por una vida algo más ajetreada de lo que en mi es normal. Cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que ya vamos por las 2000 visitas, y sin un mísero post que llevarse a la boca en meses. Brasileños aparte, ¿quién se prodiga tanto por este blog? ¿Tendré un admirador secreto y yo sin saberlo? ¿Acaso es más interesante que no escriba a que lo haga? ¿Se habrá vuelto loco el contador? Me temo que nunca lo sabremos, como con tantos y tantos misterios de la humanidad. La próxima entrada llegará pronto, y con mi talento las visitas volverán a caer en picado. ¿Nos apostamos algo?